Este ha sido nuestro quinto viaje a Ucrania desde que comenzó la guerra en 2022. Con el paso del tiempo, Ucrania ha ido desapareciendo poco a poco del foco mediático, eclipsada tristemente por otros conflictos y situaciones de violencia que siguen surgiendo en el mundo. Sin embargo, la realidad allí continúa marcada por la incertidumbre, el miedo y las consecuencias diarias de la guerra.
Cada vez que cruzamos la frontera junto a los claretianos polacos que trabajan sobre el terreno, sentimos que entramos en una realidad muy distinta a la que vivimos en gran parte de Europa. Una realidad donde la fragilidad y la esperanza conviven constantemente.
En este viaje nos ha impresionado especialmente encontrar grandes extensiones de campos sembrados. Ver tractores trabajando la tierra, junto a otros signos inevitables de la guerra, nos recordó la profecía de Isaías: “De las espadas forjarán podaderas”. Incluso en medio de la dificultad, la vida sigue abriéndose camino.
Siguen existiendo muchas heridas: personas que han tenido que dejar sus hogares, familias separadas, recuerdos perdidos y un profundo desgaste emocional acumulado durante estos años. Pero también encontramos numerosos signos de esperanza y resiliencia. Personas que continúan adelante, comunidades que se sostienen mutuamente y gestos de acogida, solidaridad y gratuidad que permiten seguir creyendo en el futuro.
El proyecto continúa acompañando, cuidando y creando espacios seguros, físicos y emocionales, para las personas más vulnerables. Porque el tiempo pasa, pero muchas heridas necesitan escucha, presencia y apoyo constante para poder sanar.
Por eso seguimos trabajando en el programa de apadrinamiento de niños y personas mayores, para apoyar a familias afectadas por la guerra en localidades como Drohobych, Pidbuz, Dovhe y Boryslav, ayudando a cubrir necesidades básicas y ofreciendo oportunidades de futuro. Con aproximadamente 0,66 € al día, es posible formar parte de esta red de apoyo y esperanza.
La reconstrucción no solo será material. También será humana, emocional y comunitaria. Queda mucho por hacer, y todo ello es posible gracias a tantas personas que siguen creyendo en la paz, en la solidaridad y en la fuerza de la vida. No nos olvidemos de Ucrania.