‘El sur es como una vaca muerta. Tenemos carne en la mesa, pero no sabemos cómo cocinarla porque tenemos varias opciones: no sabemos si deberíamos freírla, hervirla, asarla o ahumarla’, afirmó John Deng, que fue un niño-soldado durante la guerra.


Casi el 99% de los sudaneses originarios del sur del país votaron el pasado mes de enero a favor de la independencia. Un resultado que, inmediatamente, fue reconocido desde el norte por Omar Al Bachir, jefe del Estado sudanés. Un referéndum que ponía fin a una guerra civil que se prolongó por dos décadas y dejó dos millones de muertos.

“El anuncio del resultado final del referéndum ha marcado el fin de una era y hoy es el comienzo de una nueva era en nuestra historia”, afirmaba Salva Kiir, presidente de la región autónoma del sur de Sudán.

Y conscientes de ello, muchos sudaneses acudieron al Mausoleo de John Garang, icono de la rebelión del sur contra el del norte. Allí celebraron este paso para ganar más autonomía con danzas, cánticos y eslóganes a favor de la libertad. Los manifestantes se mostraban emocionados y felices de “tener su propio país”. Además, confiaban en que todo irá mejor “desde el punto de vista económico y político”. También expresaban su esperanza en que los niños del sur de Sudán conozcan la historia de luchas y reivindicaciones de la región, algo que, critican, no se hacía hasta ahora.

Mirando al futuro…

Pero hasta el próximo mes de julio, el sur de Sudán se encuentra en un “periodo de transición”. Un periodo en el que deberán afrontar muchos retos de cara al futuro. Quedan por resolver temas claves como las competencias sobre el agua y el petróleo. Y sobre todo, a cuál de los dos Estados permanece la región fronteriza petrolera de Abyei.

Otras asignaturas pendientes son el acceso a la sanidad o a la educación. Hay que tener en cuenta que, en el sur de Sudán, el 90% de la población es analfabeta y la mitad recibe ayuda para poder alimentarse.