Un año más, volvimos a cruzar el Atlántico con la maleta llena de voluntad de trabajo y el espíritu inquieto. Esta vez, rumbo a Paraguay.

Durante un mes hemos compartido el día a día de muchos paraguayos que, con gusto, nos recibían y abrían sus puertas para trabajar codo con codo en diferentes ámbitos: preparación y repartición de víveres en una época en la que, por desgracia, el río Paraguay ha sacado de sus casas a 4000 familias, cursos sobre trabajo cooperativo, talento y resolución de conflictos con los jóvenes y adolescentes encargados de la catequesis y confirmación de diferentes parroquias, juegos y dinámicas infantiles con los niños recolectores de basura del asentamiento humano de Lambaré que, además, van cada día a comer al comedor social de la Fundación. Visitamos y pasamos tiempo con los ancianos apadrinados para conocer su situación en primera persona, así como nos citamos con las familias de los niños que también reciben una ayuda de su padrino español. Tuvimos, además, la oportunidad de reunirnos con las madres y mujeres que acudieron al encuentro que propusimos con el ánimo de crear un espacio por y para ellas en el que pudieran expresarse libremente sin el yugo del machismo que tanto les ahoga. Con ellas, también, hicimos un taller de pintura creativa que pudieron exponer a sus hijos y… ¡Menudo orgullo! Otro de los puntos fuertes ha sido el taller de higiene y prevención de enfermedades para pequeños y adultos con la ayuda de las enfermeras voluntarias de Jesús Misericordioso.

En fin, hicimos tantas cosas como nos permitieron hacer pero, en definitiva, sobre todo aprendimos, disfrutamos y grabamos en la mente cada una de las vivencias que este pueblo nos brindó. Un pueblo que lucha por seguir adelante a causa de un sistema injusto sin perder la sonrisa.

Gracias Paraguay, la sonrisa con la que regresamos a España es, sin duda, más amplia que la que llevamos a su país.