Son las 4 de la mañana. Marina prepara el desayuno mientras todos duermen. Su mirada resignada denota un alma curtida por el dolor y la desesperanza. Los animales emiten con ahínco sus ecos mañaneros. Los rayos de sol entran por las ventanas de madera protegidas con papel de periódico. La humedad es tan extrema que ya comienza a brotar por los poros de la piel. En esta, como en tantas otras aldeas del Departamento de Arizona, los días transcurren tranquilos, en relativa calma, pero siempre alerta. Las historias del pasado pesan como una losa sobre sus habitantes.

Las mujeres inician las tareas del hogar muy temprano. Durante horas amasan maíz para hacer tortillas en un viejo horno de piedra, recogen los frutos caídos de los árboles: cocos, aguacates, mangos, cocinan un puñado de frijoles y, con todo ello, improvisan los “menús” para toda la semana. Siempre el mismo, desayuno, comida y cena. Pacientes, esperan a que sus maridos e hijos regresen de su trabajo en el campo. Algunos niños van a la escuela varios días por semana, otros, directamente, no tienen esa suerte, y acompañan a los adultos para aprenden lo que, inevitablemente, les tocará hacer el resto de sus vidas. Deben ayudar a su familia y, como tal,  lo asumen entregados a la labor. Ellos lo llaman pobreza digna. En las ciudades, según dicen, no son tan afortunados. A pesar de todo, se puede percibir cierta felicidad en su ojos, y eso nadie se lo puede quitar.

Es difícil explicar con palabras lo que uno siente cuando vive una experiencia de voluntariado en un país como Honduras. De repente, se rebela ante ti un mundo nuevo de sensaciones. Sensaciones, a veces, muy placenteras y, otras, en cambio,  más difíciles de gestionar…

Con muchas ganas, y con cierta inquietud, partí dispuesta a vivir la gran aventura de mi vida. Llegué con una maleta repleta de cosas y volví con lágrimas en los ojos y con el corazón lleno de amor. Mi mente enseguida hizo “click” y comenzó a abrirse al mundo nuevo que le rodeaba. De repente, las cosas que hasta ahora consideraba importantes ya no lo eran tanto, y, así, poco a poco,  y en silencio, comencé un proceso de aprendizaje y descubrimiento en el que todavía, casi un año después, sigo inmersa.

Llegamos a un lugar desconocido, pero donde nos recibieron a manos llenas. Allí descubrí que era posible vivir con muy poco. Descubrí que la mirada de un niño es capaz de curar. Que, a pesar de subsistir con lo mínimo, nunca faltaba lo más importante: una sonrisa y una esperanza.  Descubrí el valor de trabajar duro por los Derechos Humanos. Que el hogar está donde está tu corazón. Que los mejores momentos están hechos de cosas pequeñas. Que la felicidad se toca con la punta de los dedos. Pero, sobre todo, descubrí, la enorme calidad humana que pueden llegar a tener las personas. Que, pese a las adversidades, su capacidad de superación es ilimitada.

En un país como Honduras donde la vida, prácticamente, no tiene valor, donde la violencia está a la orden del día, donde el desarraigo familiar es algo común y donde el peligro casi se puede palpar, es, precisamente, donde más plena y llena de vida te sientes. Cada segundo que pasa es un regalo por el que debes sentirte agradecida. Durante meses, cada día pensaba en las personas que conocí allí: cómo estarían, cómo se sentirían, cómo vivirían algunas situaciones, si, desgraciadamente, algunas de ellas ya no estarían entre nosotros…esas personas, con historias terribles a sus espaldas, fueron capaces de enseñarme lecciones vitales que nunca olvidaré. Y es que todo depende de los ojos con los que se mire.

En definitiva, descubrí la esencia de esta tierra, donde siempre sale el sol.