Extracto de la última carta enviada por el Hermano Bill

Una de las canciones más hermosas y conmovedoras que conozco es ‘Piedad: El silencio y la tristeza’, cuyo coro se hace esta pregunta: “¿Quién va a venir y compartir mi dolor? Toma mi corazón hasta mañana. ¿Hay tiempo para pedir prestado? Oh, el silencio y la tristeza”. La tristeza en Sudán del Sur es indescriptible para muchos. Oímos hablar de decenas de miles de muertos y millones de desplazados de sus hogares que huyen de la inanición. Unas personas que no han hecho nada malo pero que son víctimas de las decisiones crueles de los demás. Ya lo señalaba el ruso Josef Stalin: “una sola muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística”.

La gente desplazada al campamento de la ONU en Malakal ha aumentado a 47.000 personas. La mitad de ellos han llegado en las últimas semanas en una búsqueda desesperada de alimentos. Naciones Unidas está haciendo grandes esfuerzos para proporcionar refugio, alimentos y agua, pero a veces son miles los que llegan cada día, por lo que su trabajo se complica. Allí trabaja el sacerdote Maryknoll P. Mike Bassano, quien ha llegado para compartir su dolor, para llevar a cabo un ministerio de compasión en medio de la angustia. Y allí ha podido ver las condiciones miserables a las que se enfrentan las personas que viven en este campamento. Pero si se mira de cerca, también puede ser las sonrisas de gente agradecida que aprecian lo poco que tienen en medio del silencio y la tristeza.

Mientras, nosotros en Juba, vivimos detrás de una cerca alta con puertas de acero. De vez en cuando hay gente que golpea la puerta solicitando la entrada, y cuando abrí el otro día me encontré con una mujer sudanesa que llevaba a un niño en sus brazos. Lo que más me sorprendió fue la angustia en su rostro y las lágrimas que no pudo contener. Fue dentro de la casa, saqué algo de dinero y se lo di. Detrás de sus lágrimas, su rostro se relajó, sonrió y dijo: Shukran (Gracias). ¡Qué doloroso debe ser para una madre no poder alimentar a sus hijos! Al día siguiente, un muchacho delgado se acercó a pedirme dinero. Normalmente me resisto a tales peticiones, ya que son muy numerosas. Pero de nuevo me sentí conmovido y le di dinero, suficiente para algo de comida. Y es que uno de los efectos más graves del actual conflicto de Sudán del Sur es que se ha disparado la inflación. El precio de todos los alimentos ha aumentado y son muchas las personas que pasan hambre. Incluso una naranja se ha convertido en un artículo de lujo para la mayoría de las personas.

Pese a todas estas situaciones, desde Solidaridad con Sur Sudán optan por ‘el Modelo de Ciudadanía’, o promover la participación social. Lejos de ayudar con lástima a los empobrecidos, en este modelo las personas necesitadas no son vistas como víctimas ni como consumidores, sino como conciudadanos que tienen derechos y responsabilidades. La persona necesitada es tu hermano o hermana ante los ojos de dios, por lo que es igualmente valioso que tú. Así, debe ser esa relación humana de respeto mutuo, y no la lástima, lo que nos lleve a ayudar. Por ello, Solidaridad con Sur Sudán capacita a maestros, parteras, enfermeras, trabajadores pastorales, agricultores… con la idea de que ayudar a la gente de Sudán del Sur para que se ayuden ellos mismos. No podemos hacer milagros pero, como el buen samaritano, a veces podemos aguantar la mano de un compañero de viaje menos afortunado en nuestro camino hacia Dios.