APRENDIENDO A CAMINAR SOBRE LAS TABLAS

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Sin hacer mucho ruído pero con muchas ganas. Así se fue hace unos días nuestro voluntario Ángel Luis a Colombia, un país que ya había tenido la oportunidad de conocer hace años. Ya asentado en esa nueva y compleja realidad, nos hace llegar las primeras crónicas de cómo está siendo allí su vida y su trabajo con los MIsioneros Claretianos.

24 de enero 

A las 7 de la mañana comenzó el viaje en Medellín hacia Apartadó al norte de Colombia. La salida al mar del Departamento de Antioquia en la subregión del Urabá. Una distancia de 312 Kilometros que nos demoró 8 horas en carro (coche) manejado (conducido) por el padre Armando. Tres paradas por obras producidas por derrumbamientos y otras tres por controles de policía de carretera, ejército y policía local animaron al recorrido con un colorido distinto en contraste a esa maravilla de paisaje que cambiante transformaba nuestros sentidos.

Aparte de las obligadas retenciones nos detuvimos en dos ocasiones para comer y beber. En el camino fueron varias las comunidades creadas recientemente por ocupación de tierras. Y varios resguardos indígenas que por primera vez pude observar tan cerca y directamente. Las casas de madera situadas sobre plataformas que las elevan del suelo sin puertas ni ventanas, con los huecos abiertos, donde la intimidad del hogar es compartida abiertamente. 

Por fin llegamos a Apartadó, un municipio que ha experimentado en los últimos años un fuerte crecimiento y tras poco más de una hora de descanso nos dirigimos a Turbo con la idea de organizar el viaje en panga para el día siguiente con la adquisición del pasaje. Visitamos a una parroquia y fuimos testigos de la gran labor que se realizaba con los jóvenes. Pudimos disfrutar de unos ensayos de bailes que me acercaron un poco más a esta cultura. Turbo es como Quibdó en pequeño. Una ciudad que en nuestra mirada se mueve desorganizada, donde parece que los semáforos son instrumentos exclusivamente decorativos, pero que igualmente te atrapa y te incita a recorrer sus calles, sus locales y a acercarte a las personas que en ese desorden organizado te acogen espontáneamente y te regalan su amabilidad. Un Quibdó en pequeño, eso sí, con playa al mar.

25 de enero

A las seis y media y tras un pequeño desayuno compuesto de fruta, chocolate con leche y pan salimos via Turbo. Apenas en una hora ya estábamos en la estación del puerto. Con mis dos maletas llamaba la atención. Todos querían encargarse de forrarlas con plásticos para protegerlas del agua durante la travesía bien de la lluvia o de las salpicaduras producidas en el desplazamiento. Finalmente el padre Armando me acompañó hasta el embarcadero donde llegaría la panga con destino a Riosucio. Allí me forraron e identificaron a las dos maletas. Me senté en la parte delantera. Eramos 20 los pasajeros. Me coloqué el salvavidas y con media hora de retraso comenzó el recorrido. A la salida del puerto primera parada ante una gasolinera que le proporcionó el combustible preciso. 10 minutos después prosiguió el viaje y de pronto aceleró a todo gas. La proa de la panga se elevó produciendo unos golpes en el contacto con el agua que provocó gritos en los pasajeros. Yo, ayudado con mis piernas intentaba aminorar el efecto que podría tener sobre mi espalda. El mar estaba un poco revuelto y eran muchos los momentos en que se repetían esos “estruendos” al caer sobre el agua. Aproximadamente en 1 hora y ya en el rio nos detuvimos y todos desembarcaron de la panga a desayunar pescado yuca y plátano. Me fue imposible comer nada y simplemente se me ocurrió pedir un refresco sin azúcar lo que provocó preguntas entre los tres vendedores por desconocer que era exactamente lo que pedía. ¡¡Otra de mis inadaptaciones ante estas nuevas realidades!!.

El viaje, aun a una gran velocidad, se suavizó por la mayor tranquilidad de sus aguas. El desplazamiento total duró poco más de tres horas y una hora antes nos detuvo el ejército de marina y tuvimos que desembarcar y sacar nuestra identificación. Registraron nuestro equipaje de mano y tuvimos que identificar tras sacarlos de la embarcación el resto de los bultos. Gracias a Dios que en este proceso que duró unos 40 minutos pude entablar conversación con un policía joven provocándole interés, después del “interrogatorio” que me realizó sobre los motivos de mi “estadía” en Colombia, sobre España y los lugares que seguro le podrían entusiasmar. Eso hizo que cuando tuvo que elegir que bultos abrir no eligiera los míos. ¡¡Con lo que había costado el plastificarlos!!!. Mi objetivo se cumplió y mi equipaje no se tocó.

Por fin, llegamos al embarcadero y el padre Alvaro, párraco y único claretiano en Riosucio no pudo ir a esperarme. Pregunté dónde estaba la parroquia y un “pelao”, un chico, de unos 12 o 13 años se acercó para ayudarme y se colocó la maleta grande sobre el hombro indicándome que la parroquia estaba cerca. Le seguí y mi sorpresa comenzó cuando tuve que pasar por unas tablas estrechas que se balanceaban a mi paso porque el rio había ocupado el espacio. Cinco o seis tablas después y después de provocar las miradas de todo el que ahí estaba ante mis muestras de desequilibrio y como consecuencia “un temblor incontrolado de piernas”, el pelao se detiene y me dice que me tengo que quitar las botas por que a partir de ahí el recorrido es por el agua. Hay otro camino pero es un rodeo largo y con la carga se prometía muy duro. Botas, calcetines fuera, pantalones remangados y al agua. Excelente comienzo para recordar.

El párroco estaba atendiendo una visita de tres miembros del Comité Internacional de la Cruz Roja y tras las correspondientes presentaciones almorzamos y conversamos sobre la situación y sobre los cometidos que les llevo allí, todos referentes a la valoración del estado de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario y la seguridad de las comunidades. Se prosiguió con varias presentaciones a distintas personas que de manera directa o indirecta colaboran o comparten espacio con la parroquia. Muchas de ellas serán objeto de encuentros posteriores donde me detallaran los procesos o proyectos en los que intervienen. Finalizó así una jornada repleta de nuevas emociones que colorearon esta aventura.

26 de enero

Desde las 7 y media comienza un recorrido por todo el pueblo “tableando” entre las casas . De visita a dar comunión, con el padre Alvaro, dos mujeres y un hombre, a personas que por edad y o enfermedad no podían desplazarse desde sus casas. Tras unos “alabaos”, cánticos acompañados con palmas, rezar el “Yo pecador”, la lectura de un salmo, el padrenuestro y abrazarnos dándonos la paz recibían la comunión. A la salida cada mujer que nos acompañaba les dejaba un presente al enfermo, una le regalaba un banano y la otra un dulce que previamente les había horneado. Más de diez visitas completaron el recorrido. Las personas visitadas se las veía confortadas en este acompañamiento. Me sentí cercano. Aunque parezca extraño cuanto más camino por las tablas más temor tengo a ca
er por algún tropiezo. Bueno, tiempo al tiempo.