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HONDURAS, UN PAÍS QUE RÍE Y LLORA A LA VEZ

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Honduras te rompe los esquemas. Porque hasta que no se está allí es difícil entender como en el país más violento del mundo, y también uno de los más empobrecidos, la vida sigue abriéndose paso cada día. A la ausencia de lo más básico como la comida, el agua potable o una vivienda digna, se une la falta de esas cosas que no se valoran hasta que no se tienen: libertad para moverse por las calles sin miedo, posibilidad de expresarse libremente, seguridad, capacidad para luchar por lo que se cree sin temor. Derechos humanos de los que los hondureños son privados cada día.
 
Sin embargo, y a pesar de todo, cuando estás allí, descubres una lucha constante por seguir viviendo. Una lucha que a veces es silenciosa (el miedo a denunciar situaciones injustas sigue ahí), pero que se hace palpable de infinitas maneras: el trabajo constante de unos padres por sacar a sus hijos adelante; el día a día de un profesor que busca motivar a unos alumnos que no ven nada claro su futuro; un abogado que no se rinde ante las injusticias; una comunidad eclesial de base que no falta nunca a su reunión semanal para seguir trabajando por mejorar su comunidad...  Y casi siempre, detrás de estas situaciones se encuentra un Dios Padre-Madre cercano, en el que confían plenamente y en el que tienen puestas todas sus esperanzas. 
 
Una realidad que pudimos descubrir en las escuelas de Tela, las aldeas de Arizona, el presidio, la radio, los proyectos claretianos en San Pedro Sula, las reuniones con las comunidades de base, el hospital, la pastoral juvenil... Cientos de personas que nos han dejado entrar en su mundo con una inmensa generosidad, dándonos más de los que ellos mismos tenían. Una experiencia que nos regresa distintos a España. Porque ver Honduras y quedarse indiferente es imposible.
 
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