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EL RECUERDO, UN PARAÍSO DEL QUE NO NOS PUEDEN EXPULSAR

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Rosario, voluntaria en nuestra primera experiencia de verano en India relata cómo fue:

Qué injusta es la vida para algunos…y qué colorida en compensación.

Resumir en unas cuantas palabras lo que India ahora significa para mí, es imposible. Aun así, lo intentaré.

Namasté. Namaskar.

He sido bendecida con esta experiencia. Ojalá algún día no muy lejano pueda ser para mí, una misión no sólo de verano sino de otoño e invierno también. Ha sido para mí un regalo, como lo es la vida…

En mi viaje a India, revelador, iluminador, transformador, viví como nunca antes muy de cerca, el amor a nuestros semejantes, la bondad humana, la grandeza de alma y la fe, esa que rompe barreras más allá de cualquier condición física o social, esa que mueve montañas.

Es un mundo en el que vi, desde personas con cuerpos mutilados, con sueños truncados, hasta niños y niñas que a nuestros ojos son desafortunados, con la sonrisa más pura que puede una cara tener. ¡Y siempre con ganas de vivir!

En mi viaje a India, fui muy feliz.

Fui yo la única que por azares del destino llegó una semana después que los demás. Era una mañana fresca de un martes temprano, muy muuuy temprano, y fui recibida con abrazos y sonrisas por dos nuevos ángeles que tengo ahora en mi vida. Y pasé ahí un mes, aunque como todo lo maravilloso, apenas duró un segundo para mí. 

En la India que conocí, faltan muchos recursos y, aun así, sobra la generosidad, ofrecer y ofrecerse es el pan de cada día, el instinto humano en su más pura expresión. Una generosidad que se repetía y magnificaba, en cada uno de los sitios que visité. 

En la India que conocí, no ha habido mucho tiempo para la suerte, dicen que para muchas cosas en esta vida se necesita suerte y también energía, solamente que una de ellas depende del ser humano y la otra no. Y aunque muchas veces era evidente un ritmo distinto al nuestro, energía había y mucha, y se contagiaba en todo momento.

En esta India, conocí a gente guapa por fuera y, por dentro, guapa, muy guapa. Conocí a marionetas de tristes destinos, pero amigos íntimos de Dios. Gente sonriente, compasiva, dulce, incansable.

En India, conocí a personas que miran a los ojos a la desgracia y buscan sin cesar, fuerza para seguir adelante y despertar cada día, con una sonrisa, y en mi caso, con un alegre “good morning sister”, un “¿did you have breakfast, breakfast?” o el mejor, “come sister, come”, cada vez que querían tenerme cerca, conversar, escuchar o simplemente, estar.

En India, conocí a personas sin piernas, pero con ímpetu en la mirada y fuerza en los brazos, esos que sostienen sus muletas o sus sillas de ruedas. Y, sobre todo, personas con enormes corazones, algunos rotos, algunos reparados, algunos inocentes, algunos admirables. 

En India, conocí a invidentes que escuchan esperanza, personas de las que te enamoras perdidamente, personas en quienes es tan fácil encontrar la belleza interior en la que todos debíamos trabajar. Todos me enseñaron lo que es gratitud, por un simple gesto amable, por una sonrisa, por una palabra, por un saludo, por una mano amiga o una palmada en la espalda; me mostraron lo que es formar una familia donde no la hay, el verdadero cariño, y la compañía de Dios. Gente extraordinaria, en el sentido amplio de la palabra, grandes ejemplos de superación.

En India, para algunos que conocí, los minutos cuentan más, y son tan valiosos que nadie pretende desperdiciarlos. Entonces agradecen y disfrutan cada día, como si fuera el último.

En India reí, lloré, colaboré, jugué, hablé, escuché, compartí, enseñé y aprendí. 

Sueño con volver pronto a ese país, a ese otro mundo que, aunque a veces olvidado por algunos, a mí me grita, ¡ven! Y ver a mis niños, a mis fathers, vestir de largo y hacerme mil doscientos “selfies” con todos ellos de nuevo.

El recuerdo es el único paraíso del que no nos pueden expulsar, dijo Johann Paul Friedrich Richter. El que yo tengo de India, me hace sonreír cada día y es imborrable. Por ahora me quedo en ese paraíso, hasta la próxima…

Posdata:

India: agradezco infinitamente tu calidez y tu generosidad. Tienes un corazón de oro, y entre muchas otras razones, es por ello que un trozo grande del mío se ha quedado ahí. Aunque, estoy bien, ¿y tú? Ya quedaremos a un té o a comer, ¿por qué no?

Dios, cualquiera que este sea, te bendiga siempre.