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ENTREVISTA A SUSAN GEORGE EN XLSEMANAL

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ESTA ENTREVISTA LA PUEDES ENCONTRAR EN LA REVISTA XLSEMANAL


SUSAN GEORGE
«Para evitar que los poderosos nos manejen, tenemos que aprender cómo funcionan»

A los 73 años, esta politóloga es una de las cabezas visibles del movimiento antiglobalización. Hablamos con ella del calentamiento global, las elecciones en Francia y de sus razones para seguir luchando.

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XLsemanal entrevista a Susan George

Entre quienes buscan alternativas a nuestro sistema económico y social, Susan George es como una estrella de cine. «No tanto, no tanto. Aunque, a veces, es agotador», concede. A sus 73 años, viuda, madre de tres hijos y dos veces abuela, mantiene una agenda propia de un ejecutivo. Con obras como El informe Lugano, Otro mundo es posible, si..., Pongamos la OMC en su sitio o Nosotros los pueblos de Europa (Ed. Icaria), donde cuestiona la fallida Constitución Europea, esta norteamericana nacionalizada francesa se ha convertido en una de las estudiosas, y críticas, más relevantes del fenómeno de la globalización. Tras sus enérgicas denuncias contra el modelo neoliberal, descubrimos a una mujer escéptica, pero serena. Hasta que le buscan las cosquillas, claro.

XLSemanal. ¿Cada cuánto tiempo le preguntan si todavía cree que otro mundo es posible?

Susan George. Prácticamente, en cada entrevista que hago. No tenemos muchas posibilidades. Tendríamos tiempo si los políticos formaran parte de la voluntad de cambio. El mayor problema está relacionado con el medio ambiente y si los gobiernos no se preocupan por eso, poco podremos hacer.

XL. En Europa, al menos, sí parece haber una preocupación creciente por este tema...
S.G. De momento son todo buenas intenciones. Tener ministerios de Medio Ambiente con presupuestos bajísimos, en un nivel inferior a otras carteras, es sólo maquillaje.

XL. Políticos como Al Gore han tomado la bandera de la ecología. Tony Blair ha llamado a actuar contra el cambio climático. Son avances, ¿no?
S.G. Mire, si Al Gore hubiera asumido esos postulados en el año 2000, cuando era candidato a la Casa Blanca, tal vez hubiera tenido más oportunidades de salir elegido. Bueno, de hecho lo fue, pero le robaron las elecciones. O cuando era vicepresidente, con Bill Clinton, en 1992; hubiéramos ganado 14 años. Entonces tenía una posición de enorme influencia, y ahora no.

XL. El documental Una verdad incómoda, que muestra la trayectoria de Gore por entender y evitar el calentamiento global, ha sido un éxito. Más vale tarde que nunca, ¿no?
S.G. Por supuesto, todo apoyo es bienvenido, pero no sabemos si queda tiempo para evitarlo. Los economistas creen que todo es una adición, que puedes sumar uno más uno, más uno, sin fin; para ellos el beneficio no tiene límite. En la naturaleza, sin embargo, tienes uno más uno, más uno y, de repente, revienta, porque has rebasado su capacidad de aguante, el punto de no retorno.

XL. ¿Es usted de los que creen que ya estamos ahí?
S.G. Qué puedo decir, la destrucción prosigue. La gente usa sus coches para ir a todas partes, consumimos energía sin medida… Es triste decir esto, pero me gustaría ver el barril de petróleo alcanzar los cien dólares. Eso haría pensar a más de uno.

XL. Científicos como James Lovelock dicen que la única manera de salvar la civilización es la energía nuclear...
S.G. Nunca he sido una gran fan de Lovelock. Es verdad que no podemos dejar de depender mañana de la energía nuclear, pero se puede empezar a trabajar a largo plazo. De una cosa estoy segura, hay que reducir el consumo de combustibles fósiles.

XL. Es lo que dice Lovelock, el desarrollo, tal y como se entiende hoy, no incluye el respeto a la naturaleza...
S.G. Eso es cierto. El concepto `desarrollo sostenible´ ha sido vaciado de significado. El problema es que, ante todo, se plantea: «Debemos seguir creciendo». Y debería ser: «Debemos reducir el ritmo, para mantener la calidad del crecimiento». Nadie va por ese camino. La idea es crecer sin parar. Cada 25 años la economía mundial se duplica. El crecimiento en sí es, justamente, insostenible.

XL. ¿Implica eso que debemos renunciar a todas las comodidades de las que disfrutamos?
S.G. La gente piensa que no tendrá electricidad, ni podrá ver televisión ni poner la lavadora. En los 90, cuando era dirigente de Greenpeace, la sección alemana presentó un motor que gastaba 1,9 litros a los 100 km. El proyecto acabó archivado por la presión de las petroleras. En EE.UU. se han hecho prototipos de coches de fibra de carbono tan duros como los actuales, diez veces menos pesados, y que consumen una décima parte. ¿Por qué nadie invierte en eso? Si se subvencionara, al hacerlo en cadena, sería rentable a largo plazo. Eso es pensar en el futuro.

XL. Eso es ser muy optimista. Mire la incapacidad de los países para cumplir el Protocolo de Kioto, por no hablar de la negativa de George Bush a ratificarlo...
S.G. No podemos esperar que la iniciativa provenga de las empresas energéticas. El Banco Mundial (BM) aún invierte en centrales térmicas de carbón muy contaminantes en China y la India, porque es más barato y hay que aprovecharlo.


XL. Hace diez años, instituciones como el BM o el Fondo Monetario Internacional (FMI) no hablaban de derechos humanos, de luchar contra la pobreza, la corrupción. Ahora sí. Algo ha cambiado, ¿no cree?
S.G. Siempre dicen que están cambiando. No lo veo muy claro.

XL. A cierta izquierda se la acusa de propagar la idea de que nstituciones como el BM conspiran para gobernar el mundo. ¿Cree usted en maquinaciones de ese tipo?
S.G. No, aunque no me sorprendería. Más bien creo en los intereses. Ésa es la idea que subyace en mi libro El informe Lugano. Los más poderosos tienen intereses en función de los cuales actúan y toman decisiones. Los ciudadanos comunes no podemos enfrentarnos a ellos en el campo político. Cuando hablamos de mercado financiero, de multinacionales, nos perdemos, no entendemos nada. Debemos aprender, estudiar cómo funcionan, porque ahí es donde se decide lo que pasa en el mundo. Tenemos que construir alianzas para impedir que hagan con nuestro planeta y nuestras vidas lo que se les antoje.

XL. En El informe Lugano, un grupo de expertos expone la receta para salvar el capitalismo. ¿Por qué lo escribió como ficción?
S.G. Para tomar distancia, porque la conclusión era demasiado terrible: no se puede preservar el sistema en las condiciones actuales. Y en caso de que se quiera salvar, habría que reducir la población mundial y el nivel de crecimiento, porque crecen también las desigualdades, cada vez hay más pobreza, inmigración, lo que trae inestabilidad social, y pronto acabaremos destruyendo el medio ambiente. Como decía Nietzsche, la Tierra tiene una piel y esa piel sufre una enfermedad llamada raza humana.

XL. Suena muy pesimista. ¿Por qué sigue luchando?
S.G. Creo que la gente está por delante de los gobernantes. Van mucho más despacio de lo que los ciudadanos desean. A mí siempre me preguntan: «¿Qué puedo hacer?», «¿Es bueno esto o esto otro?». Los gobiernos deben moverse más rápido y escuchar. Tenemos mucho que decirles.

XL. Dígame, ¿quién gobierna el mundo?

S.G. Le diría que los mercados financieros y las grandes empresas transnacionales. Las 200 más grandes son responsables de más de una cuarta parte del producto mundial bruto. Podrá conocer a muchos de los que mandan si se pasa por el Foro Económico de Davos.

XL. ¿Ha estado alguna vez allí, sentada junto a ellos?
S.G. He estado en Davos, pero del lado de los que protestaban; y no nos dejaron acercarnos mucho. El despliegue policial era impresionante. Nos encerraron en una plaza. Nunca he estado encerrada en mi vida, sólo en Davos [risas].

XL. ¿Cómo se lanzó usted a la acción política?
S.G. La guerra de Vietnam fue el principio de mi activismo. Una influencia muy fuerte fue un amigo que pasó por un campo de concentración nazi y tras la guerra se implicó en la creación del movimiento de los no alineados. Antes estudiaba mucho, él me hizo pasar a otro nivel.

XL. ¿Cree en el uso de la violencia para provocar cambios?
S.G. No, a no ser que sea una situación como la de Vietnam. Uno ha de defenderse, pero no es sencillo. Creo, en general, que la no violencia es una táctica mucho mejor que la violencia.

XL. ¿La han amenazado alguna vez por expresar sus opiniones?
S.G. ¿A mí? No, nunca. Me han pasado cosas muy desagradables, pero no para tanto. Confieso que si alguien me torturara, no tardaría mucho en hablar. Admiro a la gente que tiene el coraje de enfrentarse tan directamente como Anna Politkovskaya [se refiere a la periodista asesinada el pasado octubre tras criticar la estrategia del Kremlin en Chechenia].

XL. ¿La conocía?
S.G. No, a ella no, pero tengo amigos en Rusia que también han sido asesinados por opinar como ella. En Chechenia quisieron convertir la guerra en un asunto de religión, cuando no lo era. Han conseguido que se convierta en lugar de peregrinaje para muchos musulmanes que quieren combatir por su religión.

XL. ¿Cuáles han sido sus influencias?
S.G. Bueno, me encanta Stendhal, lo releo a menudo. En política, estuve muy influenciada hace años por Frantz Fanon [uno de los mayores activistas y pensadores sobre el poscolonialismo], Sartre, Maquiavelo, me he leído El Príncipe varias veces... También a Marx, pero no con la intensidad con que he leído a otros autores. Marx, sin embargo, es el pensador que más claro tenía la realidad del mundo industrializado.

XL. La realidad del mundo actual es la Organización Mundial de Comercio (OMC), una de sus grandes preocupaciones. ¿Por qué debemos temerla?

S.G. Porque trabaja para los mercados financieros y las transnacionales. Ha establecido las reglas del comercio en función de los intereses de esas personas. No está sujeta al derecho internacional. La institución perfecta para el neoliberalismo.

XL. Pero los mercados necesitan algún tipo de arbitraje, ¿no?
S.G. ¿Qué clase de arbitraje es aquel que empuja a producir más barato que el vecino abusando de los trabajadores y del medio ambiente? Para la OMC, incorporar en el precio del producto salarios dignos, ventajas sociales, seguridad sanitaria o la preservación y recuperación del entorno es algo negativo. Hace unos años, por ejemplo, sancionó a Europa por negarse a importar carne con hormonas de EE.UU. Por no hablar de la ausencia total de referencias a los derechos humanos; la UE exige en público que se respeten, pero cuando va a la OMC no parece importarle mucho.

XL. ¿Se refiere a las relaciones con Turquía o China?
S.G. Son dos buenos ejemplos. China es un mercado gigante, con mano de obra baratísima, no hay huelgas ni protestas... Es perfecto para las empresas. Todas quieren irse allí. No importa nada más. Los intereses de los capitales pesan más que cualquier otra consideración. ¡Ya ve de lo que se preocupa la OMC!

XL. Pero, para Occidente, es mejor tener relaciones con China que aislarla...
S.G. Siempre se puede argumentar eso, pero China es el instrumento perfecto del liberalismo para aumentar los beneficios y, de paso, congelar o reducir salarios y ventajas a los trabajadores occidentales. Así funciona la globalización. El viejo lema de Henry Ford –«Pago bien a mis empleados para que pueden comprar los coches que produzco»– ha pasado a la historia. Sólo importa la cuenta de beneficios, reducir gastos a costa del trabajador y contentar a los accionistas. Pero, a la larga, eso creará muchos problemas al sistema.

XL. Usted siempre está metida en alguna batalla, ¿en qué anda ahora?
S.G. La más importante es la lucha contra el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios, con el que la OMC liberalizará los servicios públicos, la educación, la sanidad; el paso final para privatizar toda actividad humana. Están gobernando contra la gente, creando un acuerdo para destruir el estado social.

XL. Usted suele decir que Europa y EE.UU. están en guerra, que debemos conseguir que prevalezcan los valores europeos sobre el modelo americano. Parece que van ganando ellos, ¿no?
S.G. Me temo que sí. El modelo americano se extiende como algo ineludible; pero se trata de un capitalismo brutal con escasa o nula protección social, que crea más y mayores desigualdades, que empobrece a la mayoría de la gente, ecológicamente insostenible y belicoso, que invade países utilizando la guerra como primer instrumento de su política. El europeo es el único modelo capitalista de éxito que puede servir de referente para el resto del mundo. Los ciudadanos gozan de protección social y no está todo sujeto a lo que dicte el mercado o gobernantes autoritarios. Hay principios, como los derechos humanos, la protección del medio ambiente, la salud pública, la educación, que no pueden ser barridos por la lógica del beneficio a toda costa, como ocurre en EE.UU.

XL. Pero, según usted, Europa, o sus instituciones, al menos, se inclinan más hacia el modelo norteamericano...
S.G. Sí, la verdad es que cada vez veo a la UE menos interesada en defender esos valores –sobre todo con la actual Comisión de Durão Barroso, la más neoliberal de la historia–, pero no así a los ciudadanos. El rechazo de Francia y Holanda a la Constitución fue una muestra. En Europa, la gente está más organizada y sabe que puede influir en sus gobernantes. Los medios, aunque estén casi todos al servicio de los grandes intereses, son más sensibles a la opinión pública.

XL. Gracias a los ciudadanos, sin embargo, la ultraderecha xenófoba se ha reforzado en Bélgica, en Austria, Dinamarca, Alemania, Eslovaquia y Polonia y en Francia Jean-Marie Le Pen presenta una considerable intención de voto...
S.G. Sí, tal vez esté equivocada y estemos empezando a bajar el nivel, pero creo que la mayoría de la población aún defiende esos valores. También los medios europeos son, cada vez, más sumisos al poder. Tenemos que tomar conciencia del mundo, de cómo funciona, porque si no asumimos nuestra gran responsabilidad, se acabará imponiendo el modelo estadounidense. El ascenso de la extrema derecha es una señal de alarma, de que no se están resolviendo los problemas.

XL. En su último libro, Nosotros los pueblos de Europa, sobre el «no» de Francia al tratado, dice que esa campaña fue el movimiento social más asombroso que ha vivido ese país desde mayo del 68. Desde fuera, se tiene la percepción de que franceses y holandeses son egoístas y xenófobos...
S.G. Todos los medios de comunicación se pusieron en nuestra contra; incluso la televisión y la radio públicas, que pagamos entre todos, intentaron ahogar las voces del «no». Pero en Francia la gente leyó el texto, lo debatió y habló sobre él. En las familias, en los grupos de amigos, en las parejas, la gente discutía sus puntos de vista, buscaba información en Internet, el único medio independiente que queda. Fue muy refrescante vivir aquella victoria con todo el sistema en contra.

XL. Se vieron en el mismo bando que la extrema derecha…
S.G. Pero nuestros motivos eran diferentes. Quizá no lo hubiéramos conseguido sin ellos, pero la izquierda era mayoría en ese movimiento. Quizá fueron responsables del 15 o del 17 por ciento de los votos, pero sin la izquierda hubiera sido imposible.

XL. Cuando Zapatero ganó las elecciones en España, usted se mostró muy esperanzada de que algo pudiera empezar a cambiar en Europa. Él, sin embargo, fue el primero en aprobar la Constitución a la que tanto se opone. ¿Mantiene esa ilusión?

S.G. Tal vez haya algunas decepciones, pero es que Aznar, en cualquier caso, era mucho peor. También prefiero a Zapatero antes que a Felipe González. Pero sí, la actitud de su Gobierno con la Constitución fue muy decepcionante. Su ministro de Justicia [Juan Fernando López Aguilar] llegó a decir: «No es necesario leerla para saber que es buena». ¡Cómo se puede decir eso! Y lo cierto es que en España nadie la abrió siquiera.

XL. Pero es que nuestra percepción de Europa es diferente. Sentimos que debemos el desarrollo de los últimos años al ingreso en la UE, la construcción europea apenas se cuestiona...
S.G. Sí, lo sé. España ha aprovechado bien los fondos estructurales en estos 20 años. El ingreso, además, era una salvaguarda contra posibles tentaciones involucionistas. Recuerdo que mis amigos aquí, cuando leyeron mi libro sobre el «no» de Francia, se quedaron perplejos. «¿De verdad pone eso en la Constitución?, ¿en serio?», decían. La palabra `competencia´ aparece en el texto 47 veces, la palabra `mercado´, 78. En cambio, el concepto `progreso social´ no se menciona una sola vez, o quizá una, y en vez del derecho al trabajo nos dan la gracia del `derecho a buscar un empleo´. Es normal que los gobiernos no quisieran que nadie la leyera, que nadie pudiera tener opinión al respecto y los creyeran a ellos sin más.

XL. Desde entonces han pasado dos años. Ante las presidenciales francesas, ¿ha percibido algún poso de la victoria del «no» en los discursos y programas de los candidatos?
S.G. Las elecciones en Francia son bastante autistas. Sólo se mira hacia dentro. Pero no, no se ha reflexionado en absoluto sobre aquel resultado.

XL. Hace cinco años la izquierda, dividida, no pasó de la primera ronda y acabó votando a Jacques Chirac para que no saliera elegido el extremista Le Pen. ¿Podría volver a ocurrir?
S.G. Espero que no, pero la verdad es que la izquierda sigue en el mismo lugar que hace cinco años. Tenemos al menos seis o siete candidatos a este lado del espectro: verdes, trostkistas, comunistas, radicales...

XL. Y usted, ¿ya sabe a quién votará?
S.G. Bueno, no quiero verme de nuevo en la tesitura de tener que elegir entre un candidato de derecha y otro de extrema derecha. No confío del todo en Ségolène Royal, pero quizá acabe votando por ella ya en la primera vuelta.

Fernando Goitia

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