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Un mes en Honduras. Meterse en honduras.

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Dice el diccionario que meterse en Honduras es tratar de cosas complicadas que no se dominan bien. Una buena definición de lo propone PROCLADE en la experiencia de verano para voluntarios: ven a Honduras, empápate, vive con los hondureños, siente su sufrimiento, comparte tu mucha o poca fe  en el amor, en la justicia, en definitiva, en el amor a los demás  que algunos llamamos amor a Dios.

Soy una voluntaria que está a punto de terminar el mes de voluntariado en Honduras. Vine sola, sin conocer al grupo, con algún miedo, con pena de dejar a mi novio y con cierta rabia por tener que gastar todas las vacaciones, pero con la intuición de que iba a ser una experiencia única que debía vivir. Me quedan dos días para partir y puedo decir que así ha sido: algo único, intenso, inolvidable que me ha removido por dentro y por fuera, con diarrea incluida.

La propuesta de PROCLADE está muy bien pensada. Somos diez voluntarios y nos organizamos por semanas. Un pequeño grupo se queda en Tela, nuestra ciudad base, trabajando en la radio, en los colegios, en guarderías, visitando el presidio y atendiendo cualquier necesidad local que sobrevenga: visitar enfermos, asistir a reuniones… Los demás son enviados de dos en dos a distintas aldeas de la montaña, a literalmente compartir la vida con los hondureños. Digo literalmente porque nos prestan sus camas, nos dan de comer y usamos sus baños, además de contarnos sus penas y alegrías en medio de un clima de generosidad y amabilidad que jamás pude imaginar.

Si algo ha caracterizado esta experiencia es la intensidad y los sentimientos contradictorios que esta realidad suscita. Honduras es un país maravilloso, con una naturaleza embriagadora en la que todo es exagerado: el olor a tierra después de la tormenta,  el relámpago, la fuerza del agua, la crecida de las quebradas, el canto de los gallos, hasta las picadas de los zancudos. El pueblo hondureño es acogedor, cariñoso, todo corazón; te abrazan antes de conocerte y ceden sus camas sin dudarlo un segundo, te dan lo mejor para comer, mientras  se comen lo peor. Pero en Honduras también subyace y yace un realidad aterradora: violencia extrema, marginación social, pobreza radical, crimen organizado, drogas… y esa realidad también la hemos vivido de cerca, nos la han contado y nos la han llorado.

Pero a pesar de todo, a pesar de todo el sufrimiento, a pesar de todo el mal, la gente sigue luchando, la gente se une, comparte, vive y cree en el amor, vive con la esperanza de que la justicia llegará y el amor vencerá. En definitiva, se vive el evangelio al pie de la letra. El evangelio se suda, se siente, se vive, se sufre, se baila, se canta y se ríe. El evangelio está vivo, los panes se multiplican y el trigo nace, a pesar de la cizaña y siempre queda la esperanza. Una esperanza que los voluntarios alimentan porque nos esperan todos los años con los brazos abiertos. Ninguno lo entendemos muy bien, nos cuesta creer que generemos tanta alegría, pero lo demuestran con sus abrazos, con sus caricias y con su inmensa generosidad.

Me voy con la sensación de haber recibido más que dado, me voy con el corazón lleno de cariño y me voy con la sensación de responsabilidad, porque en este mundo tan globalizado no podemos rechazar el sufrimiento del mundo que genera un sistema y unas estructuras económicas y políticas que no funciona. En Honduras son pobres, pero ricos, mueren, pero viven. En definitiva, una realidad compleja que no se domina, pero que resulta a la vez triste y maravillosa. GRACIAS PROCLADE.

Carmen